Jungapeo y sus leyendas.

 

Jungapeo, Mich.- Jungapeo, además de ser ‘La Capital Mundial de la Guayaba’, tiene en su haber  riqueza arquitectónica, histórica, literaria, gastronómica y también es basta en leyendas. Como todo pueblo provinciano, en su cotidianeidad se tejen historias macabras

que tienen como protagonistas a los  jungapenses y  en esta Temporada de Muertos, las familias las reviven, como parte de su cultura.

Una de las tradiciones de los jungapenses, es que las historias y leyendas se transmiten en forma oral, de generación en generación. Lo usual es  que los nietos se junten alrededor de las piernas de los abuelos o las abuelas, para escuchar, atentos, lo que se dice en este rincón lleno de olor a frutas.

La mujer del río.

El abuelo Francisco cuenta, que, hace más de 60 años, algunas noches una mujer se bañaba en una de las fuentes del jardín ‘Benito Juárez’; quienes la veían afirman que traía una larga cabellera. Una madrugada, unos panaderos –borrachos- vieron a esa hermosa mujer vestida de blanco; iba por la calle de la iglesia, por lo que se les hizo fácil seguirla.

“De la calle de la iglesia, la mujer dio vuelta por la calle empedrada que va al panteón. Los panaderos   seguían   tras   ella   haciéndole preguntas  para   que   les   hiciera   caso,   pero   nada. Caminaron y caminaron hasta que la mujer llegó donde la calle se divide en ‘y’, por donde pasa el río. Ahí fue cuando ella volteó para ver a los panaderos. Grande fue la sorpresa de ellos al descubrir que la mujer tenía por cara, una calavera.   Ellos   corrieron   hasta   que llegaron al pueblo, pues del miedo, hasta la borrachera se les cortó”.

 

Viaje a Roma.

Siguiendo con las leyendas, el abuelo Francisco narra que enfrente del jardín principal, vivía una mujer con su esposo e hijos, pero eran muy pobres. La esposa hacía tortillas para medio vivir y el esposo se dedicaba al campo. En uno de tantos días, la mujer fue a cortar leña, cuando, al despegar una rama, vio una olla con monedas de oro. En ese instante el muerto le  habló. Le dijo que las  monedas eran suyas, pero  que a cambio, tenía que ayudarle a pagar su manda. La mujer se llevó las monedas, sellando el trato. Ella le contó a su esposo cómo se encontró los dineros, y desde ese día su destino cambió, pues emplearon las monedas para mejorar sus vidas.

“Pero pasaron los días y las semanas y la mujer se fue deteriorando en salud –cada vez estaba más delgada-, pues en las noches la iba a visitar el muerto, porque el trato aún no lo cumplía. Como ella iba de mal en peor, un día le dijo al esposo que había llegado la hora de cumplir su promesa, pues tenía miedo de morir por no realizarla, por lo que le pidió su apoyo. Así le hicieron.

“El trato que ella selló con el muerto, es que le iba a ayudar  a cumplir una manda. Para hacerlo -cuando estuviera dormida-, su esposo debería de cargarla y ponerla en una mesa, para   velarla   toda   una   noche   como   si   estuviera   muerta   (así   se   acostumbraba   antes   en Jungapeo), con los cuatro cirios encendidos. Algo muy importante era, que, por ningún motivo debería alguien de interrumpir su sueño, pues ella, en espíritu, tenía que acompañar al muerto hasta Roma a escuchar una misa y con ello pagar su manda; si alguien intentaba despertarla, su espíritu se quedaba con el muerto.

“Como todo transcurrió bien, a la mañana siguiente la mujer despertó, cumpliendo con su juramento. Con el tiempo se recuperó y vivió muchos años al lado de su familia”, dijo el abuelito Panchito.

‘No me pises’.

Finalmente y como experiencia de vida, también contó que cuando era pequeño (hace más de 90 años), el papá del abuelito Pancho, cuando iba a Zitácuaro  tenía que hacerlo a pie y en la madrugada (a las 4 o 5 de la mañana para llegar a las 8 o 9), pues los medios de transporte eran burros y caballos, por lo que la mayoría de la gente no tenía dinero y prefería caminar.

“Una madrugada mi papá me dijo que lo acompañara, yo tenía como 7 años. El camino era por el panteón (lo atravesaban), para salir a El Puerto y llegar a Zitácuaro. Como mi papá caminaba muy aprisa atravesando el panteón, me dejó atrás. Y por correr a alcanzarlo, pisé una tumba, y al hacerlo una voz me dijo: ‘no me pises’, lo cual fue suficiente para correr más y alcanzar a mi padre”, finalizó el abuelito Pancho.

Desde entonces, algunos de los nietos que escucharon esa historia, no pisan las tumbas y si tienen que hacerlo, porque no haya dónde poner los pies, piden perdón al difunto.

291017 jungapeo y sus leyendas.

 

Jungapeo y sus leyendas.

 

Olivia Tirado Nievez.

VAGABUNDO MICHOACÁN.

Fotos: Francisco Perez

Last modified on Jueves, 02 Noviembre 2017 00:09
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